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Yo lo supe desde chico. |
Yo lo supe desde
chico, lo supe desde siempre, que terminaría por fumar en pipa.
Tal vez por la influencia de tanto hombre ligado al mar que vivía cerca de mi casa. Les veía llegar
de la mar, al tiempo que me daban un pequeño y cariñoso pescozón al pasar, y se dirigían
a sus casas después de meses rodeados de horizonte y agua, trabajo y salitre, de nostalgia y deseos de regresar.
Pasaban con su petate al hombro y sus pipas curvas en la boca, exhalando el humo de tabaco por la boca y la nariz.
Pasaban con la piel de las manos y cara, más curtida, más morena, más cansada que en su viaje
anterior.
Luego cuando acudía a casa de alguno de mis amigos, cuyo padre trabajaba en la mar, me sentaba y escuchaba,
como alelado, sus historias marineras. Sentado, casi desparramado en un sillón, se enfrentaba a la chiquillería
que esperábamos que nos comentara acerca de su último viaje a Sudáfrica, de la pesca en el
banco Sahariano, en las costas de Terranova, ...
Me quedaba alelado, como los otros, cuando de forma pausada encendía el mechero y lo acercaba a la pipa,
aspiraba lentamente y se camuflaba tras la columna de humo que surgía, reposando, pensando, para continuar
con la historia.
Siempre me maravilló aquel ritual, pensaba que si había algo de misterio en fumar, algo de místico
en prender el tabaco, tenía que ser fumándolo en pipa.
Les vi así durante años, pegados a sus pipas curvas, cuando regresaban de las ‘mareas’, deseando
reencontrarse con sus hijos, con el calor y el deseado olor de sus esposas, con su barrio, con sus amigos y vecinos.
Les vi así durante años, cuando comenzó a morir el puerto, pegados a sus pipas. Cuando muchos
de ellos quedaron varados en el puerto porque la reconversión de flotas los dejaban en tierra firme, cuando
languidecía la actividad de los muelles y no conseguían faena diaria con la que ganar un jornal.
Fue en esa época cuando escuche una frase de Antoñito que con el tiempo he llegado a comprender…
‘cada uno llena la cachimba con el tabaco que tiene’. Ciertamente, es así. Hay épocas de bonanza
y épocas para ir más ajustado que la sotana de un cura.
Pero nunca perdieron su dignidad, pegados a sus pipas curvas, humeantes, cargadas de picadura en meses de bonanza
y de mezclas holandesas o inglesas en épocas de faena.
Regresaban a casa con un buen jornal, con regalos para los suyos y los amigos, con algún ave exótica,
y con miles de anécdotas que contar en tardes-noches interminables, entre risas, anécdotas y perfumadas
con el humo de sus pipas.
Lo supe siempre, que la única y verdadera forma de disfrutar de un buen tabaco es en pipa. La calma que
requiere el cargarla, la tranquilidad que requiere el fumarla, la satisfacción que produce el acabarla hasta
el final, hasta la última brizna de tabaco, no se puede comparar con nada más.
Ahora, en la distancia, vuelvo a recordar muchas de aquellas tardes-noches y sonrío, mientras enciendo una
pipa, cargada según la época con ‘el tabaco que tengo’.
Sea este un sencillo recuerdo a ese barrio marinero donde crecí… La Isleta.
Pedro Romero-Auyanet
-Canarias-